(para Elisa)
¿Y uno qué hace cuando lee?
Amiga, las horas son
pesadas, y el corazón,
que se agiganta y decae,
y que teme y se distrae,
nunca encuentra lo que busca.
Los libros son una brusca
promesa que, como hiel,
amarga y mata la miel
de las horas, y muy poco
dicen ya. Corazón loco,
que no sabe de descansos
ni de entrevistos remansos,
los libros se me alejaron:
relicario en que callaron
las ilusiones; qué más
los sostendría. Tendrás
piedad por este encorvado
lector desasosegado.
(Se van las horas; las horas
dejaron de ser sonoras.)
Todo un día de libros.
Rueda la madrugada,
jadea. Te ausentaste
--ya sin palabras en
la mente-- en la pared.
Perentorio durar,
definitivo. (Duerme
tu pareja.) Cegado,
tu impavidez registra
una espera de nadie,
un alma que se fue.
Y después, qué. Probaste que sabías
por medio de un poema. Hubo un silencio.
Y nada más. Y destemplanza. (En torno,
las cosas de tu casa. Una soprano,
que canta a lo divino.)
Desvalidez y resquemor. El tiempo,
que te corroe, como siempre. Entonces
percibiste esa sombra
que bisbiseó, fugaz, que se gozó,
secretamente, subrepticiamente
(cómo decirlo; tus palabras, huesos),
con tu exhibicionismo, la inconsciencia
(ya no sabés cómo se escribe) que
te gobernó, estos días --¡sos tan necio!--.
Jactancia y vanidad. Y después, qué.
¿Qué es la Verdad? Queríamos tener
la papa, la razón
que ordenara la vida, nuestros pasos,
un principio de método
que fuera garantía inapelable,
un único criterio
probado, ganador. Pero, a la vez,
que también constriñera
a los demás a obedecernos: niños
que se comportan: buenos.
A los que se opusieran se podría
calificar de necios
para luego forzarlos, sin que hubiera
problemas de conciencia
por nuestra parte. La Verdad: la máquina
de ataque y de defensa
más poderosa. Luego presentimos
que era impostura, y truco,
y mimicry, y engaño: ineludibles.
Y hoy andamos a los
tumbos entre creyentes, y apostamos
por la buena fortuna.